martes, 28 de julio de 2015

Lucas y yo

“Tita ¿porqué tu quieres más a Victoria? No cariño, no quiero más a Victoria, salvo que es la única niña sobrina que tengo y eso la convierte en especial, yo os quiero a todos mucho.

Además ¿sabes una cosa? También tu eres especial, no sólo soy tu tía, también soy tu madrina. Y ¿porqué eres mi madrina? Porque tus padres me lo pidieron cuando ibas a nacer y yo, feliz, dije que sí. Incluso quería que te pusieran de nombre Marcos o Nicolás. Y ¿porqué Marcos? por el subcomandante, ¡estás loca tita!. Y ¿Nicolás? Porque es mi nombre de hombre favorito, si hubiera tenido un hijo, le habría llamado así. Ya, pero no tienes hijos, aunque si tienes muchos sobrinos y un sobrino ahijado (sonríe con los ojos al decirlo).

¿No te gusta que sea tu madrina? Sí tita, a mí me gustan todas las titas, Marta, Mari Carmen, todas (y extiende las manos todo lo que da su cuerpo para enfatizar el todas). Ser tu madrina te convierte en mi ahijado, ¿entonces soy dos cosas para ti? claro! igual que yo soy dos cosas para ti, eso mola tita (y sonríe mostrando toda la dentadura).

Al rato nos bañamos con su primo Martín, que es más pequeño y cuando su madre lo saca del agua para merendar, lo que sigue.

Venga Lucas, vamos a merendar, salgamos un rato del agua, no tita, un poco más. No Lucas, hay que merendar, si, pero tienes que quedarte un poco más conmigo porque eres mi tía y mi ¿cómo me has dicho?, madrina hijo, eso madrina (y lo dice sonriendo, consciente de la ventaja).”

viernes, 24 de julio de 2015

Desnuda

"Árbol de la esperanza, mantente firme" Frida Kalho

El cansancio y el estrés siempre se cobran un precio, y casi siempre físicamente. El precio que he pagado yo a estas alturas del año ha sido un labio reventado, roto, una semana así. Una semana molesta y por momentos, dolorosa, es el tiempo que pasas entre que empiezas a notar que viene la hinchazón, que se rompe y finalmente, cicatriza.

No recuerdo haber salido de mi casa en los últimos treinta años con los labios sin pintar. Me apasiona el rojo, lo llevo cuando estoy bien y cuando estoy mal, para darme fuerzas; a veces descubro a hombres que me miran los labios cuando los llevo de ese color. También me gusta el color vino tinto, el violeta y algunos tonos marrones. Es fundamente que tus labios no desentonen con la ropa que llevas puesta, de lo contrario parecerá que te has puesto el museo del Prado encima. A veces solo me pongo brillo, sobre todo los fines de semanas y para asuntos más relajados como ir al mercado, a pilates, o a pasear. Incluso para estar en casa, nunca hay que perder el glamour, es uno de mis lemas. Si vas a ponerte a leer una novela que te encanta, si aparece Sean Penn o Benicio del Toro en la pantalla, hasta si vas a cocinar algo rico.

Quienes me conocen saben que siempre digo que el día que me vieran con los labios desnudos sería el fin o casi. Significaría que ya no va más, que me he rendido, que hasta aquí llegamos. Hasta que toca una semana como ésta y te das cuenta que lo que pensabas ayer, no vale para hoy. Llevo toda una semana sin pintarme los labios. Me pongo el bálsamo y salgo a la calle, desnuda; porque así es como he sentido siempre que sería no usar carmín. Desnuda dentro y fuera.

Y no importa, los cincuenta años son así. Estoy aprendiendo a vivir con las canas, con las arrugas del pecho, con las ojeras (que ni la milagrosa crema del Mar Muerto eliminan) con las carnes cada vez menos tersas, con los labios desnudos. Y sin ti. 

lunes, 20 de julio de 2015

De lo sensual

Siempre he tenido una relación especial con el agua, quizás por eso fantaseo con la idea de ser sirena. Tengo en mi mente grabada escenas de películas como De aquí a la eternidad, donde Burt Lancaster se marcan una escena en la playa que fue muy escandalosa en su tiempo, o a Bo Derek, saliendo hermosa y radiante con la ropa pegada al cuerpo en ese bodrio infumable, llamado 10 (la mujer perfecta) en incluso esa Carmen Maura disfrutando bajo una manguera en La ley del deseo de Pedro Almodóvar.

Nunca me molestan las personas en la playa, la playa es de todos, pero sé dónde buscar tranquilidad cuando eso es lo que deseo; arena, mar y yo.

Y es ahí, donde puedo soñar despierta.

Ella, durante su paseo por la playa se ha cruzado con unos ojos oscuros que corresponden a un hombre atractivo. Se han mirado, se han reconocido y han seguido su camino. Ella siente su mirada en la piel y espera que él esté sintiendo lo mismo. Al volver del paseo, ella va hacia su toalla, se quita las gafas de sol y se dispone a adentrarse en el mar. Su cuerpo brilla del sudor. Al llegar a l orilla, el hombre viene de vuelta, ella lo mira y camina mar adentro.

El agua no está fría, lo suficiente para refrescar y que la piel se ponga erizada y los pezones duros, es instintivo, no tiene nada que ver con el sexo, piensa ella. Se sumerge varias veces, disfrutando del agua, del baño, de su cuerpo fresco, de no ver a casi nadie alrededor.

Una de las veces que sale del agua, su cuerpo choca con otro. El hombre. Ha entrado en el agua sin que ella se diera cuenta. Él la mira fijamente, las pestañas, como las suyas, llenas de agua, el pelo brillante y mojado y los ojos oscurecidos por el deseo; sin decir nada, la toma por la cintura y la pega a su cuerpo, ella siente toda su hombría en tensión y empieza a sentir un hormigueo entre sus piernas. Ninguno de los dos parece tener prisa.

Coge sus piernas y las pone en torno a su cintura, ella, por instinto, lo abraza por el cuello, se miran un tiempo, entre ellos no pasa ni la espuma de las olas.

En cambio, el balanceo de estas, hace que sus cuerpos se toquen y se disfruten, no es fácil mantener el equilibrio y a pesar del agua, el roce los enciende. Él pasa una lengua por sus labios. Como queriendo probar la sal, ella se estremece y abre su boca queriendo atrapar su lengua, hacerla suya como si la vida dependiera de ese instante. Mientras unos dedos recorren su espalda y sus pechos, los de ella se enredan en su pelo, palpan su cara, bajan por el cuello, los hombros.

Las piernas de ella parecen tener vida propia y sin querer soltar su cintura, buscan la manera de que su pene duro encuentre el camino a casa. El hombre no parece pensar lo mismo y juega, hace como se acerca y se aleja, ella, incluso en el agua, se siente muy caliente, y no es la única. De pronto, el hace un trayecto con sus dedos que va desde el cuello, bajando por el pecho, rodea los pezones erguidos y juega con ellos, primero, uno y luego otro, levanta la cabeza, sonríe y se hunde el agua para lamerlos con su boca, a ella se le escapa un pequeño grito de placer.

Al salir del agua ella aprovecha para coger su pene con sus manos y si dejar de mirarlo fijamente a los ojos, deja correr su mano, arriba, abajo, juguetea con la punta, vuelve a masajearlo, arriba, abajo. A él se le escapa un gemido, pero ella no está dispuesta a no jugar. Lleva sus manos sobre el cuerpo de ella, intentando controlarse. Cuando la respiración de ambos se hace más agitada, ella lo suelta y vuelve a rodear su cintura con las piernas. Se miran y saben que no es tiempo de seguir jugando. Ella lo quiere dentro y él se la quiere follar.

De pronto, toma las piernas de ella, las separa un poco de su cintura y las pone a la altura de su pene muy duro. Entra en ella y ella enrosca las piernas en torno a su cuerpo para que no se escape jamás, quiere quedarse a vivir ahí. Quieren quedarse a vivir ahí. Casi sin respiración sienten que encajan perfectamente que todo está en su lugar. Se besan apasionadamente, sus cuerpos muy pegados, por todos los lugares donde se puede estar pegados.

Intercambiando besos empiezan a moverse al ritmo de las olas, eso hace que ella lo sienta entrar, salir y jugar como si estuviera en casa, mientras el sexo de ella juega a atraparlo para que no escape. Ahora es ella, la que rodeando su cintura aún más fuerte con sus piernas, juega a subir y bajar sobre él, como una sirena amazona. Cualquiera que hubiera pasado por allí y los hubiera visto, habría sabido perfectamente lo que estaba sucediendo bajo el agua.

Él la sujeta fuerte porque  ya no resiste más, quiere correrse y quiera que ella lo haga también. Cuando la tiene bien sujeta, la besa en el cuello y empieza a moverse rápido, siente como ella contrae sus paredes vaginales entorno a su pene de puro placer. En ese momento se encaja perfectamente y se corre, ella lo abraza con todo su cuerpo sintiendo mucho calor por dentro. Ambos respiran agitados, abrazados, sostenidos por las olas, pues las piernas no responden. Se besan. Una y otra vez. Se miran y sonríen. Ambos sostienen la cara del otro y se miran a los ojos.


Se separan, se miran, no dicen nada. Él sigue su camino hasta su toalla, ella camina hacia su toalla. Y duerme.

domingo, 28 de junio de 2015

En nombre de Dios




"Matar en nombre de Dios, es hacer de Dios es un asesino" José Saramago

Durante el viaje que hice el año pasado a Jordania me regalaron dos rosarios musulmanes. Y no fueron un regalo porque sí. 

Uno de ellos, el amarillo, lo gané a pulso. Íbamos en el bus de un lugar a otro y el guía, de nombre Saleh, un tipo muy amable que habla muy bien el castellano nos iba explicando todo y luego nos preguntaba, si acertábamos la respuesta nos daba a elegir entre un cd de música jordana o un rosario. No puedo decir que acertara ninguna pregunta porque a menudo me distraía con el paisaje.

Pero no siempre, mientras nos explicaba lo del rezo en la mezquitas, nos contó que siempre eran los hombres lo que iban a las mismas, a rezar, a ser perdonados, a diario y que las mujeres nunca iban, que ellas podían rezar en casa. En ese momento, yo, que a veces no me paro a pensar y sin enconmendarme "ni a dios ni a diablo" como decía mi abuela, respondí: "a lo mejor es que las mujeres no tienen nada de lo que arrepentirse", todo el bus sonrío y Saleh también, luego dijo "te has ganado un regalo por peleona, me gustan las mujeres que dicen lo que piensan" y yo elegí el rosario.

El verde llegó a mis manos el penúltimo día del viaje y último que pasamos con él. Ya eramos un grupo reducido, tres parejas y yo. A cada una de las parejas les hizo un regalo; y para mi sorpresa, me entregó el rosario que durante todo el viaje había llevado en sus manos para sus rezos. Y dijo, "este mío es para ti, porque me has parecido una mujer muy valiente todo el viaje, no muchas suelen viajar a este país sola, como has hecho tú. Y aunque ya has dicho que eres atea, yo espero que Dios te proteja siempre". Y me eché a llorar de la emoción, sentí en mi corazón un agradecimiento infinito.

Y ¿por qué cuento esto ahora? Todos y todas saben que soy atea y aún así, nunca, nunca rechazo un presente que tenga que ver con la religión. En la mesilla de noche tengo hace muchos años un nuevo testamento, regalo de mi madre, que leí de principio a fin como la que leía un libro de historia. Una vez una compañera me regaló una estampa de San Judas Tadeo que anda en algún lugar de mi bolso y cuando ella me dice "yo sé que no eres creyente, pero yo siempre rezo por ti", le respondo "y me parece muy bien, todas las ayudas que vengan, son buenas". Eso por no hablar de la cantidad de bendiciones que recibo en el trabajo a través de los correos de los alumnos. Porque es el cariño que le pone al hecho lo que importa.

Por eso, los rosarios que regaló Saleh, siempre los tengo cerca. Y siempre me acuerdo de él cuando, en el nombre del Dios en el que cree Saleh, unos asesinos macabros imponen o tratan de imponer el terror. Porque la vida no es fácil para los musulmanes creyentes como él, casado con una cubana, que viste a la manera occidental y luce su rubia melena al viento. No voy a imponer a nadie mi ateísmo. Sí voy a respetar a quien siendo creyente, respeta que yo no lo sea.

Sobre todo, creo que no debemos permanecer indiferentes ante estas barbaridades, aunque no siempre sepamos muy bien como reaccionar. La mía fue viajar a un país musulmán, cuando todos decían que era una locura, si esos bárbaros ganan, nos quedaremos sin lugares que siempre soñamos visitar. Y contar que tengo dos rosarios musulmanes, a pesar de ir con las tetas al aire por la playa y de ser atea. Y la risa como defensa ante todos los integrismos. 

jueves, 18 de junio de 2015

Cinco años

Pilar y José

Voy a compartir algo que solo mis  amigos más íntimos conocen. Hace más de quince años conocí a Pilar y a José, de hecho conocí antes a Pilar a través de amigos comunes, cultivamos una amistad por teléfono y cada vez que llamaba a su casa y era él en su sencillez quien contestaba se me encogía el corazón, aún no había ganado el Nobel; hasta que un día me dijo Pilar que él se daba cuenta y que yo no era menos que él, sino igual.

En 1998 le dieron el Nobel, recuerdo que hablé con Pilar y ella me contó que se habían acordado de todos sus amigos en ese momento. No necesitaba el premio Nobel, pero el premio Nobel si lo necesitaba a él. Cuando Saramago Andaba cerca de Huelva presentando algunos de sus libros yo me acercaba a saludarlos y charlaba con Pîlar mientras él firmaba libros y escuchaba lo que todo el mundo quería contarle. Nos encontramos en Huelva en un palacio de congresos a rebosar para escucharlo. Pilar lo escuchaba como si fuera siempre la primera vez, jamás he visto ese lugar tan lleno. En uno de sus viajes a Cuba, una amiga les entregó un envío para mí, así de cercano era, y les faltó tiempo al llegar para enviármelo. cuando estuvieron en México acompañando a la caravana zapatista al DF, supe por ellos antes de  ser publicado lo que habían vivido.

Siempre ha sabido de donde venía y siempre estuvo al lado de quienes más le necesitaban, nunca renunció a sus orígenes, a sus vivencias, a sus principios, a su ideología. Compartió a manos llenas, no guardo rencor y nunca se escondió, igual presentaba un libro en un acto multitudinario que ante un auditorio de 30 personas y dio su voz a quienes no la tenían. La coherencia hecha persona.

En el verano de 2003 Pilar me invito a pasar quince días en su casa de Tías, ellos estaban en Islandia y su casa estaba sola, me invitaron a cuidarla en su ausencia. Pasé una semana, acompañada por la entonces secretaria de José, Pepa, asombrada por la sencillez de ese hogar. Se iniciaban las obras de lo que en este momento es la biblioteca, residencia y fundación, de la que hoy disfrutan hombres y mujeres de todo el mundo. Un acto más de generosidad y solidaridad poco usual.

El domingo a mediodía llegaron ellos, teníamos una semana por delante para convivir y yo andaba un poco nerviosa. A pesar del cansancio del viaje, Pilar se puso a deshacer maletas, José se dio un paseo por el hermoso jardín que tienen y jugo con sus perros que los recibieron felices; al rato subió a su despacho a trabajar, una vitalidad desbordante. en aquellos momentos estaba escribiendo la magnífica y tan necesaria novela en estos momentos Ensayo sobre la lucidez.

Fue una semana hermosa con dos seres humanos normales, José era lo que transmitía, ni más ni menos; ni prepotencia, ni lujos, ni desinterés, pura humanidad. Se levantaba, desayunaba tranquilamente, leía los periódicos, escribía, almorzaba, sesteaba, volvía a escribir, veía fútbol y reía a carcajadas con los guiñoles de canal plus que daban entonces. Pilar y José se tocaban, se besaban y miraban como si acabaran de encontrarse por primera vez.

Recuerdo que hice un bizcocho, pero me faltó poner un ingrediente y el bizcocho no fue tal; salió una torta dura. Al día siguiente en el desayuno José lo mojó en la leche y se lo comió como si fuera un manjar. Le encantó el aceite de mi pueblo y los hornazos y se reía cuando me escuchaba decir una refrán de los de mi abuela. Hablamos de política, cine, de libros. Le dije que algunas de sus novelas no había podido terminarlas, pero que lo intentaría; me dijo que no era necesario, que a veces a él también le sucedía, me hicieron sentir como en mi casa. Me regaló libros, en uno de ellos la dedicatoria decía "para Mariví, con un abrazo, que vuelvas pronto".

Luego hemos vuelto a vernos en Huelva, Sevilla, en Faro. Fui a su 83 cumpleaños, celebrado en su nueva casa de Lisboa, una pequeña casa, familiar y acogedora, casi no cabíamos, hubiera podido comprarse un palacio, pero no lo necesitaba, finalizamos aquella noche canciones de protesta en el pequeño patio delantero.

He seguido hablando con Pilar por teléfono, sin querer molestar mucho, con Pilar hablamos de política andaluza, de ellos, de mi, de sus viajes, en fin, de la vida.

Ahora estoy triste, pero he visto a Pilar entera, porque eso es lo que José quería, cuando el terrible terremoto de Haití dijo que "no solo hay que enterrar a los muertos, sino cuidar a los vivos". Tenía amor y lo repartía a manos llenas. Esta es la suerte que he tenido. Un pequeño tesoro. Su casa es la casa de todos los que por allí pasamos y siguen pasando. Sus libros son toda una escuela de aprendizaje. Era una persona excepcional y escritor magnífico. Es uno de los nuestros. Hasta siempre José, hasta pronto Pilar. Gracias.

Marcos Ana ha dicho "no podemos hacer otra cosa que apretar el corazón y seguir viviendo".

(Publicado en Odiel Informaicón el domingo 20 de junio)

jueves, 11 de junio de 2015

Leonardo Padura

Estaba paseando ayer miércoles por Sevilla tras pasar más de cuatro horas reunida y desconectada de la realidad cuando recibo un mensaje de mi amiga Danae (cubana que ahora reside temporalmente en Miami), contándome que a Leonardo Padura le habían concedido el premio Princesa de Asturias de las letras. La alegría fue tan grande que me faltó ponerme a bailar en la puerta de la catedral.

No me había alegrado tanto un premio literario desde que le dieron el premio nobel a José Saramago.


En mi primera visita a Cuba en el año 1997 nos alojamos en La Habana en una casa de esas antiguas donde por entonces vivían Danae, su marido e hijo y suegra, eso es muy común allí,  y para sacar unos pesos alquilaban habitaciones. Cuando abandonamos la casa para regresar a España yo traía en mi bolsa de mano la que sería la primera novela de este autor que iba a leer, creo que recordar que era Pasado Perfecto. Hasta hoy que he leído casi todo lo que ha publicado salvo el último libro de relatos publicado recientemente.


Pasado perfecto junto con Máscaras, Vientos de cuaresma y Paisaje de otoño componen un mosaico de las cuatro estaciones del año en la que Mario Conde, su detective,  dibuja una Habana que ni imaginas existe, moviéndonos como nos movemos entre el idealismo político y el rechazo; policía corrupta, gobierno inútil, ladrones, travestis, putas, maricones, secretos que nunca pensaste que verían la luz, maldad, amor, solidaridad, complicidad. El detective Mario Conde, su amigo “el flaco” y la madre de este que hace unas comidas estupendas y nadie pregunta de dónde saca los ingredientes, la sexy Karina que llegará a su vida y la cambia de arriba abajo aunque no lo parezca y  muchos personajes más que se hacen familiares. Y música, mucha y buena música.


Como no podía ser menos me enamoré locamente de Mario Conde (un perdedor) y quería saber todo de él y en el año 98 que volví a La Habana, me planté en la Casa de América, porque ahí es donde Padura trabajaba entonces y cabía la posibilidad de que estuviera en esos días por allí, no estaba, pero yo tenía que hacerlo, quería que supiera que me parecía un escritor maravilloso. Me sentía feliz con ese descubrimiento.


Cuando volví a La Habana en 2010, mi amiga Danae y yo nos embarcamos hasta el barrio de Regla porque allí se encuentra un barrio chino que sale en su novela La cola de la serpiente. En realidad él y yo nunca hemos coincido en esa ciudad, cuando yo iba, estaba aquí y viceversa. Soy lo que podría llamarse una Padurista de ejercicio. Voy proclamando su palabra siempre que alguien me pregunta que leer. Leerlo es imprescindible si te gusta la buena literatura, la historia como no nos la han contado y que se cuece en la cubanía no oficial.


Ya he hablado de las cuatro estaciones y no me voy a poner pesada recitando títulos que podéis encontrar y hoy a un solo clic.. Voy a recomendar tres que son las que más me han impactado. La novela de mi vida que es la historia de Cuba contada a través de la vida del poeta José María Heredia, y que te cuenta lo que no dicen los libros del colegio. La neblina del ayer, una historia de amor cuya banda sonora la pone el gran Bola de Nieve, una novela que lees y escuchas. El hombre que amaba a los perros, esta novela me hizo llorar mucho y me enseñó porque la gente de izquierda perdimos la guerra civil española; porque la izquierda perderá siempre todas las guerras, reafirmó mi amor por México y confirma la talla de escritor de su autor. Es la novela suya que más he regalado y posiblemente recomendado.


Tengo la suerte (como muestro en la foto) de que casi todas las novelas suyas que tengo son ediciones cubanas, no ésta que acabo de citar, porque se editó primero en España, cuando la leí, se la envíe a mi amiga Danae y aún debe andar dando vueltas por la ciudad, en la que sus habitantes no leen, devoran libros y fotocopias de libros y Herejes. No todos sus libros están publicados en nuestro país, esperemos que ahora sí.


Leonardo Padura escribe novelas, cuentos, ensayos (Los rostros de la salsa es muy recomendable) guiones (recomiendo ver Siete días en La Habana y Regreso a Ítaca) y artículos de opinión La esquina de Padura. Tiene la nacionalidad española, que le sirve para moverse sin restricciones y nos honra como país. Sigue viviendo en La Habana, porque es el lugar donde quiere estar. Leonardo Padura es, si no el mejor, unos de los mejores escritores en español del siglo veintiuno. Y es fundador de la Semana Negra de Gijón.

Me apena, tras haber leído y escuchado la cobertura de medios escritos y hablados, el desconocimiento y la apatía al contarlo, eso marca la distancia, no ya física, sino sentimental que tenemos con los países latinoamericanos y eso, no solo se cura viajando, se cura sobre todo leyendo. Este premio Princesa de Asturrias es un acto de justicia, poética y universal.


Es posible que cualquier año de estos, el premiado sea su amigo del alma, el escritor hispano-mexicano Paco Ignacio Taibo II, avisados quedáis.


jueves, 21 de mayo de 2015

¿Individual o compartida?

Empiezo por lo obvio; tengo 50 años, estoy soltera y sin pareja. Me gusta viajar mucho. Me gusta mucho viajar. Me gusta viajar, mucho. Viajar me gusta mucho. Viajar  me gusta, mucho. Y todas las acepciones más que se puedan encontrar para estas cuatro palabras.

A veces viajo con parte de mi familia, sobre todo con mis sobrinos más pequeños, algo que a ellos les gusta cada vez menos, dicen que cuando se viaja es para descansar y a mí lo que me gusta es pasear.  También viajo con mis amigos y amigas, casi siempre suelo quedar de pico, y aquí apenas hay discusión, cada quien hace lo que quiere (ver museos, iglesias, ir a la playa, etc.)  y nos juntamos para la cerveza. En los últimos años he viajado con los grupos de alumnos que vienen a la universidad y con grupos de lectores de la biblioteca de Huelva. Y sola, la verdad es que viajo mucho sola; sola he cruzado el charco varias veces a ver a amigos, en ocasiones paseo con ellos y cuando no pueden acompañarme, paseo sola. Sola he ido a algunos sitios (nadie me podía acompañar o no encajaba en otros planes) para cambiar de aires. Y lo de viajar sola se da cada vez con más frecuencia, todos y todas van haciendo sus vidas y es más difícil coincidir. Y me gusta, viajar sola tiene o tenía el mal sabor de boca de que no puedes compartir in situ lo que te gusta, eso hoy en día, con las redes sociales, está más que resuelto; el resto es comodidad, decides dónde vas, a qué hora vas, como vas y hasta cuando vas.

No mentiré, siempre es mejor viajar acompañada que sola, pero una de las máximas que rige mi vida es  o lo haces sola o no lo haces, y yo siempre prefiero hacerlo, viajar, ir al cine, al teatro, a una exposición, a la playa, a pasear; no soy tan insensata como para poner mi vida en peligro, pero la elección siempre es hacerlo. Dicho todo esto que, quienes me conocen saben, voy a lo que quiero contar.

La habitación ¿individual o compartida? que no es tontería. En hostales y pensiones es muy fácil encontrar habitaciones individuales, unas mejores y otras peores, es fácil. Lo difícil viene en los hoteles, sean de dos, tres, cuatro o cinco estrellas. Ahí vas mal. Es imposible a veces encontrar una habitación individual, si la tienen, te dicen que tienes que pagar un suplemento aparte, y ese suplemento carece de sentido porque cuando llegas a tu habitación te das cuenta que no es individual, que es una habitación con una enorme cama de matrimonio (que a mí me encantan) o es una habitación con dos camas (que se supone pagas como individual) y en cuyos baños encuentras dos toallas de mano, dos toallas de baño, dos vasos, dos botes de gel, dos botes de champú, dos vasos de agua en la encimera, en fin, todo para dos, salvo tú (yo) que eres una.

Esto es algo que se da bastante en España y Portugal (aunque también me pasó en Jordania), no así en otros lugares. En Buenos Aires y Montevideo pagué habitación individual  y me dieron individual. Y creo que esto sucede en estos países por su larga trayectoria machista y masculina, donde aún les cuesta entender que las mujeres pueden hacer sola lo mismo o más que los hombres.  De hecho, hay veces que entras sola en el hotel y se quedan mirando, dudando si atenderte o no, como a la espera de que aparezca acompañante, sea hombre o mujer.

No puedo evitar pensar que quieren sacar provecho económico de esas circunstancias ¿tan difícil es que un hotel tenga habitaciones individuales, a precio individual para ser usada y disfrutada por una sola persona? No estamos obligados a tener pareja, viajar en pareja, tener amigos, viajar con amigos, tener familia, viajar con la familia, no estamos obligados a nada de esto. Quienes se dedican a la hostelería si están obligados a entender y ofrecer habitaciones individuales para las nuevas realidades personales. Digo yo.


Y como el fin de semana pasado estuve en Évora, en habitación doble compartida con mi amiga Mari Carmen, os dejo unas fotos de esa bonita ciudad. No dejéis de visitarla.

Cualquier calle del centro

Mercado o paraíso, no se yo

La vinoteca con más gusto que he visto en mi vida 

Entrada o salida a La Judería


Patio de la Universidad de Évora, impresionante como toda ella

Templo romano, que algunas leyendas llaman de Diana

Plaza de Giraldo, desde ahí o te pierdes o te encuentran 

Catedral de Évora 

Claustro de la catedral de Évora


Patio de la catedral

Puerta Mudejar 

Típica fachada de Évora

Acueducto

Grafiti realizado por el 40 aniversario de la revolución de los claveles, 25 de abril