Chile (toma 1). Mamá, esto es para ti, sé el dolor que te causa esta
distancia.
Después de veinticuatro horas volando y diez de sueño, creo que más o
menos he aterrizado en el lugar en el que trabajaré y viviré las próximas dos
semanas, en la universidad Austral de Chile, en Valdivia.
Ha sido un viaje largo, pero no aburrido, os cuento. Nada
más llegar al aeropuerto de Sevilla, me dan la tarjeta de embarque hasta
Madrid, pero no hasta Santiago de Chile, es un vuelo conjunto con otra
compañía y unas vez que llegue a Madrid tendré que dirigirme al mostrador a
por la tarjeta de embarque, pero vayamos por parte.
En el aeropuerto de Sevilla para poder acceder tienes que
quitarte el cinturón de los pantalones, las botas (sí, llevaba botas, ya sé que
en España aún es verano, pero en Chile aún es invierno, así que para no andar
cargando más, las llevaba puestas desde casa), sacar el ordenador de la funda y
luego volverlo a guardar todo.
El vuelo es corto y pegajoso; sí, pegajoso, a mi lado se
sienta una pareja hispano-venezolana que se pasa todo el viaje dándose besos
ruidosos, esos besos de pueblo que Almodóvar retrato tan bien en todo sobre mi madre y que desde mi punto
de vista volcánico, matan toda la libido posible. Sí, puedo ver los que estáis
pensando, soy más partidaria de los besos que te llevan al estrecho baño del
avión a tener sexo salvaje (cada quien es cada cual).
Una vez en Madrid tuve que salir como si ese fuera mi
destino final y buscar el mostrador de la compañía con la que vuelo hasta
Santiago ¿y qué más da? diréis, el caso es salir, pero no; con otra tarjeta de embarque en la mano, de nuevo tuve que
despojarme de todo y en ese caso además, sacar la batería del ordenador, antes
de hacer fila para mostrar tu pasaporte, es difícil entrar en este país, pero
salir a veces es muy molesto, la verdad.
El avión viene con retraso, no mucho; salimos poco después
de media noche y la idea de que no viajen muchas personas para poder ocupar
tres asientos y descansar un poco mejor se esfuma. Al entrar en el avión, ya
están sentados quienes viajan en primera clase y es manifiesto en su cara lo
mucho que les molesta tanto pobre pasando por delante de ellos a viajar en
clase turista, es lo que hay. Es curioso porque a mi lado viaja una señora cuyo
marido viaja en primera, y cada rato durante el vuelo, se levanta de su lujosa
posición, desciende a turista y le da un beso a su señora, que se lo devuelve y de nuevo al lujo, eso también debe ser
amor.
Pasadas trece horas de vuelo llegamos a Santiago de Chile
habiendo visto un amanecer espectacular por la cordillera de los Andes. Hacemos
unos treinta minutos de fila antes de pasar el control de pasaportes y poder ir
a recoger el equipaje. Una vez hecho este trámite, me encamino hacia la salida
de vuelos nacionales, para facturar y sacar la ¡¡tercera!! tarjeta de embarque que me lleve
a Valdivia, aún faltan casi tres horas; tras cambiar dinero voy a tomar un café
y ver si dispongo de conexión a internet para avisar a mi familia que he
llegado bien.
Nada más sentarme en una mesa pido un café y una amable
camarera me dice que hay que esperar un poco porque acaba de temblar la tierra
y no es fácil volver a hacer que los aparatos funcionen, lo mismo para la
conexión wifi, hay pero no funciona. A los pocos segundos siento como la mesa
en la que estoy se mueve, no una, ni dos, hasta cuatro veces ¡¡¡no doy
crédito!!! De pronto, miro a una señora sentada en una mesa al lado que me hace
señas con la mano de que me calme y me dice que no es nada, que su madre vivía
en la capital y no lo ha sentido. Solo en ese momento soy consciente de que mi
cara palidece hasta volverse transparente y que debo parecer aterrada, la
señora a cada rato me sonríe y de pronto yo siento que voy a echarme a llorar,
el cansancio, la falta de sueño, y la tierra moviéndose hacen que me sienta
vulnerable y sola; la sonrisa de la señora me hizo compañía, y cuando se
marchó, otra chica que estaba enfrente hizo lo mismo, no dejaba de sonreírme,
como si hubiera comprendido que estaba asustada. Y lo estaba, pasa toda tu vida por la cabeza en ese momento. Nunca agradeceré lo
suficiente el calor que ambas me dieron en esos momentos.
Eso sí, los chilenos viven los terremotos con mucha dignidad, saben que hacer, como reaccionar, forman parte de su vida casi diaria.
Eso sí, los chilenos viven los terremotos con mucha dignidad, saben que hacer, como reaccionar, forman parte de su vida casi diaria.
Las réplicas del terremoto no afectan a los vuelos. Tras un
nuevo registro aduanero salimos en hora hasta Valdivia, y para mi sorpresa, el
avión aterriza unos minutos en Osorno para dejar a algunos pasajeros y que
suban otros, como si fuera un bus o tren con diversas paradas, esto me causa
mucha risa y admiración por el buen uso de los recursos que tienen. Al llegar a
destino, el personal de la tripulación nos obsequia con un dulce típico para
agradecer que hayamos volado con ellos y que tengamos una buena estancia, y
esto es una gran y agradable sorpresa, tomemos nota.
El aeropuerto de Valdivia es muy pequeño y está en mitad del
campo, tal cual, y tiene un buen servicio de equipaje, apenas tardan unos
minutos en llegar a nuestras manos. Desde la universidad a la que vengo me
habían dicho que un servicio de transfer me recogería. Al salir del aeropuerto,
veo en un mostrador un cartel con mi nombre y al identificarme me llevan hasta
una camioneta; así nada más llegar aprendo que un transfer (palabra bastante
común aquí) es un servicio que te transfiere de un lugar a otro.
Ya en Valdivia, a la que llamar la perla; os voy contando, más de ella,
que de mí.
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La cordillera de los Andes |
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Arriba y abajo de las nubes, disfrutando como una niña |
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El volcán de Osorno (y yo pensando en el hombre de la montaña) |
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Aeropuerto de Valdivia |
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¡¡Me buscan!! |
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Valdivia |
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